Códigos de vestimenta: Salir del molde fue una conquista

El vestido blanco y largo distinguía a las sufragistas de EE.UU. y Gran Bretaña. Aquí usaron pantalones y ropa solo para varones.

A 100 años de la ratificación de la Decimonovena Enmienda a la Constitución de Estados Unidos que habilitó a las mujeres a votar en todos los estados, no quedan dudas que el 26 de agosto de 1920 fue el corolario de la incansable lucha de las sufragistas norteamericanas entre fines del siglo XIX y principios del XX. Durante décadas, tomaron las calles sin pasar desapercibidas, tanto por sus acciones y sus masivas movilizaciones como también por su apariencia. En mimesis con sus colegas británicas se mostraron con un código vestimentario que resultó paradigmático: el vestido blanco largo hasta los pies, la banda atravesada con una raya verde y otra violeta y la inscripción “Votes for Women” en el centro, además del sombrero de ala ancha y los adornos con flores. Ahora –mientras transcurre la cuarta ola feminista– la cuestión es ¿qué representó y qué sobrevivió de esa simbología?

Algo sintomático es que con esa ropa las sufragistas continuaron respetando los dictámenes de la moda y el statu quo de la época. Y esa aceptación, que incluso podría ser vista como una sumisión en la vestimenta, es un tema aún discutido hacia el interior del campo feminista ¿Cómo debían vestirse las mujeres en una protesta? ¿Cumplían con los imperativos del patriarcado? ¿O lograban rebelarse? Una de las más radicalizadas en ese sentido fue Madeleine Pelletier. La doctora francesa – tal cual lo explica Christine Bard en La historia política del pantalón- rechazó todo lo asociado a la feminidad, y por supuesto que, en su descargo, también incluyó la ropa. Insistió sobre cómo la vestimenta femenina habitual convertía a la mujer en un objeto, por eso optó por el traje masculino y el pelo corto. Incluso llegó a ser una verdadera adelantada al proponer prendas sin distinción de género, en la línea de las hoy denominadas genderless o las destinadas al género fluido.

Entre las locales aunque no hubo una vestimenta uniformada que las caracterizara como grupo si existieron referencias que permiten asociarlas a las inglesas y las estadounidenses más allá de la coincidencia en las ideas y los reclamos. Mariana Seropian, vestuarista de las emisiones Sufragistas y Pioneras (disponibles en cont.ar) reconoce que la italo-argentina Julieta Lanteri fue la única que -de acuerdo al registro fotográfico de la época- siempre vistió de blanco. No en vano fue apodada “la palomita blanca”. Además, destaca que ese modo de vestir fue adoptado posteriormente por otras mujeres: “es interesante que en 1911 (cuando fue incorporada al padrón electoral), ella fue la única vestida de blanco pero durante el primer simulacro de voto femenino, en 1920, fueron varias las mujeres que la acompañaron con ese mismo color”, indica.

En cuanto a la morfología, la constante estuvo en la falda trapecio hasta los tobillos, la camisa, el saco tipo siete octavos, las botas de caña alta con taco bajo y el sombrero. “Hay registros de las feministas Maria Abella, Raquel Camaña, Gabriela Laperriere vestidas con este tipo de trajes ‘sufragistas’, pero no escritos que justifiquen ese modo de vestir”, menciona. Es decir, la elección de esas prendas podría tener que ver más con la aprobación de las tendencias foráneas del momento y no necesariamente con un acuerdo en la resistencia. Aunque algunas como Ada Maria Elflein se atrevieron a salir de los cánones de la época. Ella, por ejemplo, vistió pantalón y camisa, ropa cómoda para viajar y montar a caballo, entre otras cosas. Y un dato para nada menor es que según Seropian, el vestuario de ese personaje pudo ser configurado con prendas actuales. “Eso habla de lo revolucionario que fue su modo de vestir y de ser”, concluye.

Si bien las tipologías para vestir cambiaron enormemente con la llegada del prêt-à-porter primero y el fast fashion después, además de los materiales más propios de esta era, si continúa el uso embanderado de los colores postulados por Emmeline Pethick-Lawrence en 1908. “El blanco simbolizó la pureza y la luz de la inteligencia para las sufragistas -comenta María Laura Rosa, la historiadora especializada en arte feminista de Argentina, México y Brasil- y el verde, la lucha feminista que trajo la esperanza de los cambios reales para las mujeres”. Sobre el violeta, reconoce que existen dos mitos fundacionales pero se inclina por el que refiere al tono de la sangre de los nobles ingleses adoptado por esas mujeres para transmitir la nobleza de su propia causa. “Estos tres colores y sus símbolos hablan de los estereotipos patriarcales que estigmatizaron a las sufragistas, como mujeres que iban en contra de la normalidad de su sexo, siendo marcadas como enfermas, locas, desquiciadas, anormales, etcétera” señala Rosa.

A modo de homenaje tanto en 2017 como en 2019, congresistas demócratas, con Nancy Pelosi a la cabeza, aparecieron vestidas íntegramente de blanco en guiño sufragista y como para recordarle a Donald Trump que no permitirían ningún retroceso en los derechos adquiridos por las mujeres. A su vez el violeta sigue siendo el tono del movimiento feminista en todo el mundo. Dato, que el mercado de la moda no perdió de vista, hace dos años, cuando la empresa Pantone postuló el ultra violet como el color de la temporada. En cuanto al verde, es el tono unívoco que representa la campaña por el Aborto, Legal, Seguro y Gratuito. Y si bien el formato que ganó la calle es el del pañuelo triangular, también trascendió la idea de la parte por el todo y se hizo extensivo al maquillaje e indumentaria. Así se vio incluso dentro del recinto de la cámara baja cuando decenas de diputadas nacionales de distinto signo político fueron ataviadas en verde a la votación por la interrupción voluntaria del embarazo.

La investigadora UBA-Conicet, indica que “las redes sociales ayudaron a expandir estas luchas a través de los colores que fueron tomando objetos, gráfica, indumentaria, cuerpos”. Y al mismo tiempo advierte sobre la vigencia del color rosa y cómo “su sentido binario fue mutado y subvertido por los movimientos feministas”. Tono que fue recuperado por la organización argentina Socorristas en Red y refiere a un código (“socorro rosa”) que usaban las feministas italianas en los 70 cuando una mujer tenia que realizarse un aborto clandestino.

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María Eugenia Maurello es graduada de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social y del posgrado de especialización en Sociología del Diseño, ambos por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ejerce el periodismo desde hace más de 16 años. Trabajó en los tres soportes (radio, gráfica y televisión) y también en medios digitales. Actualmente, escribe en el suplemento Moda y Belleza del diario La Nación, Revista VIVA, Revista Ñ. Produce y conduce el podcast “La Moda Dice” que se emite por Wetoker y por tercer año consecutivo dicta el taller de “Periodismo y Moda” en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA. Investiga sobre moda argentina para su próximo libro.

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