Sergio De Loof: Todes sintieron hablar de él

Unió arte, moda y diseño mostrando la escena y evidenciando el mientras tanto del detrás de escena. Lo hizo a su modo, más o menos fragmentado, a veces en planos aislados, otras en diálogos superpuestos. Eso sí, siempre en el borde. Creador de un lenguaje único, el suyo propio, el de De Loof: hizo que lo ordinario, lo de todos los días, se vuelva extraordinario, con una agudeza, pocas veces vista, inclasificable, inabarcable, innominable. Murió a los 57 años, en sus pagos conurbanos, al mismo tiempo que en el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires se desarrolla una muestra antológica que tal cual él mismo le anticipó a sus amigos, esa sería la última de su vida.

Artista clave del under desde fines de los 80, tuvo un rol fundacional con sus desfiles performáticos que expresaron una propuesta individual y colaborativa al mismo tiempo. De ellos fueron parte artistas y gente que veía en la calle y que se terminaba sumando a esos delirios de colores y texturas, fuera del mainstream del fashion local, con modelos que se salían de las convenciones, adonde, con una belleza inconmensurable, hizo visibles a los que estaban al costado del sistema. 

De Loof trabajó con basura, con descartes, cuando no se sabía bien qué era el upcycling, él hizo suyo ese modo, antes que se convirtiera en un método. Puso en valor, además, técnicas tradicionales y populares (bordados, patchwork, ñandutí) en medio de la parafernalia de la moda de esa época. Y fue uno de los primeros en vanagloriarse de lo argento en un contexto que empezaba a dejar de mirar con devoción las pasarelas foráneas. 

Fundador de espacios paradigmáticos que quedaron grabados en la memoria de los jóvenes -y no tanto- que transitaron la Buenos Aires de la vuelta de la democracia y la noche de los 90, De Loof fue el factótum de Bar Bolivia, El Dorado, Morocco, Ave Porco, y posteriormente Club Caniche, y así se convirtió en una insignia para los futuros diseñadores de la década siguiente, del nuevo milenio. Martín Churba, uno de ellos, rememora su paso por Bar Bolivia: “Era todo un espectáculo, me acuerdo que me preguntaba de dónde sacaban la ropa y después entendía que era del cottolengo, usada, combinada genialmente, era algo súper mágico. Estar ahí me cambió la vida” expresa y además, agrega: “Yo venía de una familia de clase media, con una conducta muy tradicional, mis padres no lo eran, mi mamá estudiaba teatro y mi papá tenía su negocio de telas de tapicería, si bien vivía en mundos contemporáneos, llegar ahí, era llegar a la vanguardia”. Hay algo más, en ese sitio Churba exhibió algunos de sus primeros trabajos, unos tapices con los que comenzó su camino de exploración textil que no solo conserva sino que fueron tema de la salida en vivo que hizo el diseñador ayer a la tarde vía Instagram, en tiempos de cuarentena.

Uno de los últimos proyectos de De loof  fue abrir un espacio nuevo, para hacer de las suyas. Se iba a llamar La Guillotina, e iba estar ubicado también San Telmo confirmando así, que en el sur de la ciudad era adonde él se sentía realmente a gusto. Para hacerlo sus amigos lo acompañaron en la recaudación con muestras y subastas destinadas a ese espacio, entre ellos Amalia Amoedo, “Amita”, como le decía De Loof, artista y presidenta de ArteBA. Ella lo acompañó desde que lo conoció en el Morocco a sus 17 años, y fue una figura central para que, años atrás, él volviera a ser protagonista del arte local cuando parecía estar en el abismo del olvido. 

“Era un ser humano cultísimo, y lo que más me gustaba, era algo que pocos tienen, algo que me enseñó mi madre (Inés de Lafuente): ‘hay que tener calle y boulevard’ -recuerda- eso es lo que tenía Sergio, tenía toda la incorporación de la lectura, ‘by the book’, de cierta educación y, a su vez, se podía manejar en otros lados, cuando se tenía que portar bien, lo hacía” narra Amoedo. Ellos, por momentos eran el uno para el otro, se complementaban muy bien y se se divertían juntos. Para una de las cenas que Amoedo organizó en su casa con personalidades del arte local e internacional, De Loof le propuso hacerle “un vestido increíble’. En pocos minutos la envolvió en papel madera, como si fuese una princesa enrollada. “Fue un hit, críticos de todas partes del mundo ponderaron la obra de arte de Sergio” concluye.

Fue un genio atemporal y, a la vez, un adelantado a su tiempo, tanto que “se globalizó antes que existiera la globalización” explica Laura Barranco, artista y discípula de De Loof desde la época de El Dorado. “Hay mucha gente que existe por él. Sergio nos hizo brillar a todos. Si existe Palermo Hollywood es por De Loof, si hay una mesita y un espejito vintage es por De Loof”. 

¿Él quería trascender? “Pero claro, si era más yoista. Era yo, yo, yo, te quiero, pero yo, yo, yo. Era el rey déspota o el plebeyo más amoroso” comenta su entrañable, amiga, miembro de ese grupo cercano que el artista denominó, con su ironía habitual, “el círculo rojo”. Barranco que estuvo junto con él hasta hace unos días, y lo hubiese hecho hasta el último instante si no fuera por el aislamiento del coronavirus, emocionada, cuenta que está vestida de colores, con perlas, a lo Cocó Chanel, la renombrada diseñadora a quien De Loof  admiraba profundamente. También siguió a Alexander McQueen, Christian Lacroix y Jean Paul Gaultier, en ese orden.“Él amaba la belleza, de lo que fuera: una flor, un fruta, un diamante, lo que sea. Últimamente la belleza de la juventud, eso lo volvía loco”  cierra Barranco.

¿Cuál fue su principal aporte a la moda y el diseño local? “Que pensó una identidad desde los márgenes, la periferia, una propensión irreverente, desde los procedimientos de la alta costura y del gran arte para ponerlos a disposición de una comunidad de seres que habían quedado por fuera de esas estéticas – explica Daniela Lucena, doctora en sociología e investigadora UBA Conicet- su legado tiene que ver con eso, con esa desdiferenciación de géneros, estilos, texturas, procedimientos, mezcla entre la alta cultura y lo popular, y la moda de la calle, más border y más trash. De Loof fue imprescindible para entender el arte contemporáneo y el diseño”. Lucena, coautora del libro Modo Mata Moda destaca, además, el rasgo inclusivo de su obra, al mostrar cuerpos y modos «desvalorizados por la sociedad, pudo incluir toda una otredad que no tenía ni espacio ni lugar y que con el correr de los años fue ganando visibilidad. Él fue fundamental para poder ver a esos otros”.

Gran parte del material, ya sea en video, fotografías o piezas originales, vestimenta y objetos, como la famosa cruz de Bar Bolivia, que fueron exhibidos en la muestra “Sergio De Loof: ¿Sentiste hablar de mí?” que hasta abril estará en el Moderno, forman parte del acervo de IDA, la Fundación que trabaja por la memoria de la moda y el diseño argentino, bajo el mando de Wustavo Quiroga. “Él tuvo una consciencia de registro, de guardar todas las cosas,y tenía papelitos y memorabilias creo que de todo lo que hizo, pero por el otro lado; como su manera de vivir era muy al borde, el archivo también reflejaba todo eso, que, para decirlo de alguna manera, era muy complejo” reconstruye de la recuperación que hicieron conjuntamente con el artista. ¿Qué puede decir de su obra? “Si bien es de él, también es grupal y es muy difícil establecer el límite entre lo propio y lo colectivo, y es más conceptual que práctica. Cuesta leerla como diseño y también como arte, es más bien como fenomenológica. Tiene que ver con el arte relacional pero a la vez no es una cosa que sucede simplemente sino que es un diseño de acción. Algo muy interesante es que es muy ambiguo, inclasificable, y parece que esa dualidad la mantuvo en la vida: rico y pobre, famoso y olvidado, bueno y malo”, sintetiza Quiroga.

El dato además es que, al haber donado toda su obra a IDA, otra vez De Loof fue el gran iniciador, casi que sin saberlo, porque el armado de su archivo constituyó el puntapié inicial para que otros artistas y diseñadores de esa época y posteriores, aportaran a la Fundación

Quiroga, ayer formó parte de la convocatoria “Viva el Rey” que vía redes sociales arengó a despedirlo en línea “producidas, exuberantes, bien arriba” decía la invitación, casera, efímera, a lo De Loof. Así muy pasadas las 21 se hicieron aplausos de elevación, luego fue el turno del set musical del propio DJ Trincado.

Este fue el primero de los homenajes que se intuye ocurrirán en los próximos meses. Se sabe además que entre los acontecimientos más esperados está el estreno de la película dirigida por Fernando Portabales, en formato reality show, filmada en el Copacabana Palace, en Río de Janeiro, a donde De Loof asistió con su inseparable amigo Christian Dios. 

“Mi suite 951, mi nave nodriza, mi lugar en el mundo, mi amado Copacabana Palace” posteó el artista en sus redes, en diciembre de 2019. Así De Loof, comenzó a despedirse cumpliendo uno de sus últimos deseos, y lo bien que hizo.

 

Ph: Gentileza Fundación IDA, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires e IG Sergio De Loof.

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María Eugenia Maurello es graduada de la carrera de Ciencias de la Comunicación Social y del posgrado de especialización en Sociología del Diseño, ambos por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ejerce el periodismo desde hace más de 16 años. Trabajó en los tres soportes (radio, gráfica y televisión) y también en medios digitales. Actualmente, escribe en el suplemento Moda y Belleza del diario La Nación, Revista VIVA, Revista Ñ. Produce y conduce el podcast “La Moda Dice” que se emite por Wetoker y por tercer año consecutivo dicta el taller de “Periodismo y Moda” en el Centro Cultural Ricardo Rojas de la UBA. Investiga sobre moda argentina para su próximo libro.

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